junio 27, 2014

Berrinches de Novelista Novato #36: De la confianza


He perdido todas las ganas de escribir. Ninguna novedad, vieja noticia, enfermedad de primavera que amenaza con hacer verano en el nido de quimeras de mi cabeza. Llueve demasiado en la ciudad, ni pasados por agua mis pensamientos logran aflorar. Los días son muy lentos y sólo se habla de futbol; no me molesta lo anterior, pero siempre podemos hablar sobre algo más. El exceso de ocio abre el camino para pensar muchas cosas sin aparente importancia; las pocas conversaciones interesantes las disfruto y me estimulan, pero las ideas se quedan al viento.

Una de esas cosas que me mantienen despierto en los ratos aburridos entre horas de comidas y tiempos muertos ha sido en pensar en la forma en la que miro a los demás. Ya les he expuesto en diferentes ocasiones lo mucho que me cuesta entender las relaciones humanas; en veinticinco años de vida he aprendido sobre muchas cosas, pero soy demasiado ciego para entender sobre la gente que pasa y cómo se relaciona. Esta vez, las cuestiones que me intrigan en estos días gravitan alrededor de la confianza.

De acuerdo a mi poca experiencia en el tema, la vida en sociedad se basa en dos valores básicos: Instinto de supervivencia y confianza en el prójimo. El hombre se ha visto forzado desde el inicio de la civilización a vivir en grupos; jamás hubiéramos subsistido como especie si hubiésemos decidido cazar solos. En el egoísmo del temor a la selección natural y con la ayuda del intelecto de nuestra especie hemos fundado nuestra sociedad con vectores, cultura y estructuras en común, en medio de la cual cada ser individual juega un rol: El arquitecto proyecta el edificio, los albañiles lo construyen, una familia lo vive y alguien más cuenta la historia.

Confiar en el prójimo ha sido el pilar de nuestro dominio como especie en el planeta Tierra. La depredación y el sentido de supervivencia ha pasado del medio ambiente salvaje y hostil al teatro de sombras de la vida diaria. Es extenuante y ocioso querer hablar sobre la envidia; trato de asumirla de mala gana, entre menos se hable de ella, más fácil es sobrellevarla. Lo que en verdad me preocupa de nuestro comportamiento ante las luchas sociales diarias es el hecho de que nos preocupamos más por la gente que nos envidia que por aquellas personas en las cuales confiamos. La gran mayoría de las personas no sabe tomar las cosas de forma proactiva.

La vida adulta ha puesto a prueba mi convicción de tener confianza hacia la gente, ya sea mis compañeros del trabajo o las personas que me prestan algún servicio. Es difícil, no es sano esperarlo todo de alguien, no es posible darle una medida propia al esfuerzo del otro, pero siempre hay que actuar dando todo y un poco más. Mi vocación sigue enfocándose hacia la misantropía funcional y hacia la nostalgia como vitalismo de mi día a día. Nuevamente estoy entrando en palabrejas domingueras y demás trucos discursivos; pese a todo, no puedo evitar la desconfianza, ni siquiera hacia mis ideas.

Hago el intento. Confíen en eso.

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